3 de agosto de 2015

En defensa de la Tristeza

Luego de leer los cientos (sí, cientos) de comentarios positivos sobre la película IntensaMente (Inside Out) de personas tan diversas, decidí verla por curiosidad, cosa que no ha pasado con la mayoría de películas de Pixar, de las cuales me confieso - orgullosamente - un casi completo desconocedor.
Al terminarla, me quedé con una sensación de reivindicación  inmensa: Tristeza no solamente había resultado la co-protagonista de la película (como lo ha sido en la vida real para algunos de nosotros), sino que también resultó siendo la clave para un final... Feliz.

Sabemos que la lectura de la ficción - al igual que con la realidad -  depende en gran medida del perceptor, por lo que mi mirada sesgada puede ser muy distinta a la de cualquier otra persona. Pero me resulta inevitable sentir gusto al ver finalmente en una película de tipo familiar que la tristeza no es desterrada como pre requisito para el desenlace. Y es que las emociones no pueden renunciar, como le dicen a Temor cuando quiso salir corriendo al ver que las cosas iban mal. A lo que debo agregar que nosotros tampoco podemos renunciar a nuestras emociones.
Para explicar de manera sencilla el funcionamiento emocional en un taller que no tiene como núcleo el tema, suelo usar la metáfora computacional. Al menos a mí me sirve. Llegamos con contenido pre-cargado, que opera así no queramos, y que - a diferencia de la música de U2 que un buen día invadió todos los iPhones - no podemos eliminar, anular o desactivar. ¿Por qué? Por una razón sencilla: Son elementos clave de nuestro "sistema operativo" (cosa que no sucedía con la música de U2). Garantizan nuestro funcionamiento. Y nuestra identidad.
Como usuario inculto, debo aceptar - y espero no ser el único por aquí - que en una temprana ocasión observé algunos procesos corriendo en mi computadora de aquel entonces y me dije "esto debe ser lo que hace lenta a mi compu..." Cerré todo lo que tenía nombre extraño, y me animé a borrar los más sospechosos. La computadora no volvió a encender nunca más. Le eché la culpa al Y2K. Lo mismo ocurre con aquellas personas que desean deshacerse de la tristeza. Es una emoción primaria, es fundamental, y no podríamos prescindir de ella.


Pero claro, en esta sociedad que nos vende la felicidad como un combo que incluye sonrisa - carcajada - dinero - amor - salud - y un juguete a su elección, resulta imposible encontrarle un lugar a la tristeza. Y es el mismo problema que encuentro con algunos ex alumnos y "colegas" con los que discrepo por su excesiva tendencia hacia la máscara sonriente. También ocurre con coaches, facilitadores y oradores que te piden que te sacudas la tristeza, que la destierres de tu vida, que la decisión es tuya. Igual con las publicaciones de Facebook de cada mañana. Me animo a hacer una pequeñísima lista de frases que he leído en estos últimos días, con mi respectivo comentario:

  • "Antes de explicar por qué estoy triste, prefiero fingir una sonrisa". Luego, el valor adaptativo de la tristeza, la que consigue que se teja una hermosa red de soporte social alrededor tuyo, o al menos un abrazo, se esfuma. Pero bueno, sé "valiente".
  • "Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te permitirán ver las estrellas". El sol es una estrella, ya la viste. Se fue el sol. Lloras. Luego vuelve a salir, y aprender a guardar lágrimas para situaciones más oportunas. Aprendes. Lloras y aprendes.
  • "Tu amor sólo me ha traído... Lágrimas." Uno es dueño de sus propias emociones y sus respectivas expresiones. Lo que trae las lágrimas es la interpretación de la relación, que se transforma en tristeza, y ésta en lágrimas. La otra persona poco tiene que ver en este proceso, que es interior. Deja de culpar al otro.
  • "La vida es como un espejo: Te sonríe si la miras sonriendo". Desde esta lógica, si estás triste, la vida te mira con tristeza. Pero, ¿saben? cuando he estado triste es cuando la vida más me ha sonreído. ¿Cómo haríamos?

Y podría seguir, pero creo que el punto ya está claro. Desde una función liberadora hasta la básica promoción de la adaptación, los beneficios de la tristeza son amplios. Claro, como todo en esta vida, tiene un precio, que cada uno debe decidir si está dispuesto a pagar (para mayor detalle, recomiendo leer Sadness and Grief, un comprensivo capítulo elaborado por Bonanno, Goorin y Coifman para la tercera edición del Handbook of Emotions)

En conclusión:
Feliz tristeza para todos, y al próximo que te diga "¡Cambia esa cara!" respóndele "Yo no te pido que hagas nada con la tuya. Respetos guardan respetos..."


4 de septiembre de 2014

A merced

He cambiado el inicio de estas líneas más de una docena de veces. Y es que este breve e impreciso anecdotario queda corto para todo lo que podría decir al respecto. Podría ir hasta mi casette de La Más Más del '87 (canjeado con cojines de shampoo) y el Mix Soda, que escuché hasta que la cinta cedió al punto de convertirse en una versión más oscura y decadente de la ligereza de aquellos años. Podría remontarme a mis primeros meses de universidad, en los que me encerré en el Amor Amarillo para entender lo que me estaba pasando en plena crisis vocacional. Y quise compartir mi amor amarillo con el amor verde que encontré por aquel entonces. Y cómo luego de recitar cada verso del disco completo, mi amor verde de aquel entonces me dejo. Podría contar entonces las innumerables veces que narré la historia extraída de una entrevista de Telemusica en la que explicaba por qué Lisa se llamaba Lisa. De esa misma época es la crítica común que recibían mis escritos "Podríamos definir tu estilo como... ¿Cerático? ¿Ceratiano? Como sea: Escribes canciones de Cerati." Por entonces una frase devastadora y dolorosa, que ahora que no sé bien dónde dejé tirado a ése que habitaba en mí, es todo un antiguo orgullo. También podría volver al reconfortante sentimiento que generaba Bocanada en mí, mientras mis últimos años de irresponsabilidad se consumían entre humo azul. O la historia de cómo en una misma Navidad recibí tres veces Siempre es Hoy. Y las tres veces dije "¡Justo lo que quería!", mientras recordaba la frase clásica, esta vez pronunciada por Kevin Spacey en La Vida de David Gale "Lo malo de desear algo, es que puede convertirse en realidad". Por tres.
Podría también narrar mi obsesión fallida por hacerme un traje como el de 11 Episodios Sinfónicos, y la forma en que utilicé la versión de Persiana Americana de ese concierto para explicar cómo podríamos reinventar una marca sin tocar su ADN (blasfemia que hoy no me atrevería siquiera a sugerir). O cómo compré dos entradas para su último concierto en Lima (y el penúltimo de su vida, sin saber que lo sería) sin tener claro para quién sería esa segunda entrada, pues era una cábala que César y yo teníamos por entonces, y que nos llevó a conocer a personas muy interesantes.

Pero prefiero no hablar de ninguna de ellas, porque ya hablé de todas.

Sólo sé que cada vez que me he sentido molesto, luego de una gran discusión, he recibido a la oscuridad rezando una misma frase: "Turbante noche, sigo despierto y sé, que el diablo frecuenta soledades". Que cada vez que he sentido ganas de abandonarlo todo, me he repetido en voz alta "Pero a mi corazón todavía queda tanto por decir, no me voy. Me quedo aquí." Que cada vez que he disfrutado hasta el tuétano de mi trabajo he dicho "¿Para qué creer en el azar? Yo nací para esto". Pero aún así, todo queda corto.

Y es que la reseña de un artista no habita en el recuento preciso de los hechos de su historia, sino en las ramificaciones de sus letras, sus acordes y sus ideas en cada uno de sus seguidores, admiradores, fanáticos. Y hasta detractores. Así, la historia no tiene fin. Y trasciende al ser humano, porque el artista es una creación colectiva, que no le pertenece a nadie. Ni le pertenece al artista. Así, Gustavo Cerati nos pertenece a todos. Y podríamos decirle a la muerte tantas cosas, pero al final quizás sólo bastaría con el silencio, para saber que a nuestro amor nunca podrán sacarlo de raíz.

15 de junio de 2014

Los dos solos...

Entro a casa sin hacer demasiado ruido (es imposible no hacer ruido con la maleta y los zapatos y demás). El avión tuvo un ligero retraso, pero ya estoy de vuelta. Un día subirás a un avión y quizás te guste tanto como a mí. O más. Duermes y eso es bueno. Al menos eso significa que la tos no te está molestando en esta noche semi húmeda que hace un poco más lenta la mejoría de tu resfrío. Por ese resfrío fuimos a la clínica hace un par de días, ¿recuerdas? Mamá dudó casi una docena de veces antes de darse por vencida. Iríamos tú y yo solos, y eso a algunas madres les causa cierta tensión, que va de la inquietud al pánico. Pero era una cita inesperada, y mi agenda ese día, extrañamente, era mucho más flexible que la suya, así que no le quedó más remedio que aceptar.
Fuimos por las calles conversando. Buscamos un estacionamiento en la avenida de las clínicas y los parqueos llenos. Lo encontramos. Bajamos con cuidado, cruzamos, buscamos, llegamos. Entonces me di cuenta que no éramos parte de la escena habitual: Una sala llena de niños pequeños con mamás, nanas, abuelas, abuelos... Era hora de trabajar, no esperábamos encontrar a un papá por allí, ¿o sí? Aparecieron dos, pero más tarde, y bien resguardados por las chicas de mandil o batita, que no entendemos bien por qué los usan. Uniforme, le llaman.
Y allí empezó la secuencia de preguntas: La secretaria de recepción, su compañera, la enfermera que te pesó, la señora con la que compartimos asiento. Todas como confabuladas pronunciaron las mismas palabras: "¿Han venido solos?" Entre extrañeza y sorpresa, entre intriga y espanto. 
Conversamos, paseamos, nos quitamos los zapatos y nos metimos a la zona de juegos, y acabaste en la piscina de pelotas. Aparentemente era un territorio inexplorado por padre alguno, y me sentí orgulloso de colonizar descalzo la tierra - la espuma de goma en realidad - de los juegos. Los dos papás que llegaron luego no quisieron deshacerse de sus zapatos, y cedieron su lugar a las chicas de mandil o batita. Nos llamaron. Conocimos a tu nuevo doctor. Y nos hizo la misma pregunta, pero con mayor insistencia: "¿Han venido los dos solos? ¿Sólo los dos? ¿Ustedes dos y nadie más?" Luego de nuestras tres afirmaciones, llegó lo inesperado: "¡Lo felicito!"
Y me quedé con mil preguntas dándome vueltas en la cabeza: ¿Tan extraña es la escena de un padre y un hijo solos? ¿Tan raro es que un padre se tome la tarde para ir con su hijo al doctor? ¿Tan impensable es querer estar a solas con tu hijo y salir con él? 
Entonces comprendí que hay una poco práctica estructura de pensamiento que deberíamos romper. ¿No crees? Porque va contra ese vínculo que existe entre nosotros dos, contra esos momentos que nos contaremos y sólo nosotros comprenderemos, contra esos secretos que nos volverán cómplices, si así lo quieres.
Yo quiero más de eso. Y estoy feliz de haberme arriesgado a salir contigo. Para serte honesto - y aprovechando que mamá duerme - te diré en secreto que también estaba un poco preocupado. Pero cuando te olvidas de eso, todo es más fácil. ¿O no?
En fin. Me voy a dormir que ha sido un día largo, y en unas horas tendremos que pasear a dar y recibir saludos. Pero antes iré a tu cuna a darte las gracias, porque hiciste que hoy sea mi día. Y yo te lo quiero regalar.
 

30 de septiembre de 2013

¡Oye, Esteban!

Son las 3.50 a.m., e increíblemente esta noche estás dejando dormir a mamá. Gracias por eso.
¿Sabes? Dicen que aún no estás listo para salir, que tienen que pasar todavía unos cuantos días, pero eso a ti no te importa, y pateas, y empujas y te esfuerzas por ver cómo es todo acá afuera. Quizás sea momento para contarte algunas cosas, antes que alguien más se me adelante, o que tus ojos - como los de todos los demás de nuestra especie - empiecen a jugarte malas pasadas, mostrándote fracciones antojadas de la realidad.
Podría comenzar diciéndote que valdría la pena no estar tan emocionado, ni tener tantas ganas de salir. Las cosas aquí afuera no van muy bien que digamos. Los de nuestra especie quieren acabar con todas las demás especies - no preguntes por qué - y con los de su propia especie - tampoco preguntes -. Ah, y con el mundo. Quizás por eso hasta ahora no has escuchado las noticias de la televisión. Y no es que nos tapemos los ojos. Las leemos, las seguimos, nos las cruzamos. Pero sentarnos a verlas, se nos hace un poco masoquista. Espero que comprendas. Pero, llegado el momento, si quieres, tendremos cable en casa, y si te portas bien, podrás elegir el canal para ver.
Podría continuar diciéndote que la mejor manera de ser feliz es esperando poco de los demás, porque esa idea de dar y recibir es un cliché hermoso que alumbra a unos cuantos, pero que a quienes como yo decidimos vivir de nuestra libertad, no nos ayuda mucho a llegar en pie al fin de mes. Recibe antes de dar, y luego veremos. Ese sería un buen primer consejo de padre de estreno.
Y después podría decirte que, infortunadamente, te tocó nacer en un lugar sin memoria, donde cometemos los mismos errores una y otra vez, en una especie de cine donde todas las noches se proyecta puntualmente la misma película, con espectadores que sufren de la amnesia más severa, y que a su vez son tan ingenuos que no sospechan que quienes habitan la pantalla son actores que siguen un guión que otro escribió hace ya mucho. Que preferimos decir "yo te llamo" a "no volverás a saber de mí", "yo me encargo" en vez de "que Dios te ayude", o "déjame ver qué puedo hacer por ti" en lugar de "pobre de ti, no hay nada que pueda hacer".

Podría decirte tantas cosas.

Pero tus ganas de salir pueden más que esas cuantas ideas que a veces cruzan por mi mente, cuando pienso en el suelo en el que pondrás tus pies dentro de poco.
Esas ganas de venir que te nacen así porque sí, son las que me hacen pensar que quizás estás inquieto porque quieres que las noticias sean otras, y para eso, necesitamos personas que quieran empezar por ser eso: Personas. Las noticias no se escriben solas, pequeño, alguien las hizo, con sus acciones. Así que allí está el secreto: Que tus acciones sean dignas de cambiar los titulares sombríos y grises, por anuncios luminosos. No será fácil, pero no estarás solo.
Esas mismas ganas de venir son las que me recuerdan cada vez que tomamos la última moneda que tenemos en el bolsillo para comprar ese producto que no necesitamos, pero que es la venta que esa persona necesitaba para poder vivir un día más. Pregúntale a tu hermana. Ella está contenta porque muchas veces ha comido "el caramelo más rico del mundo", no por su sabor, sino por su valor. No importa si no lo entiendes ahora, ya lo sabrás, y lo verás y (espero) lo harás en su momento. Porque nadie recibe lo que primero no dio. Si alguien te dice lo contrario, no le creas. Recuerda: Nuestros ojos nos juegan malas pasadas.
Esas únicas ganas que me recuerdan el discurso del profesor de tango de La suerte está echada (me gustaría que veas esa película, en serio) sobre dar un paso al costado, salir del círculo, y dejarlo pasar, para empezar una nueva realidad. Completamente nueva. Empezando por un lenguaje completamente nuevo también, en el que podamos ser francos y honestos al decir que nos haremos cargo, que nos preocupamos, que veremos por el otro, que somos es más grande que soy.

¿Sabes? Vendrás en el momento preciso, ni antes ni después (como le digo a mamá cada vez que ella me pregunta cuándo calculo que vendrás. No le hace gracia mi respuesta, eso sí), y llegarás a un lugar en el que hay muchísimo por hacer. Prometo esforzarme hasta el cansancio, para no dejarte demasiada tarea pendiente, y heredarte algunas buenas costumbres que quisiera se vuelvan tradición. Pero eso queda por tu cuenta.

¡Oye, Esteban! Este mundo es único y maravilloso. No por lo que es, sino por lo que podemos hacer con él. Así que, aquí te espero. Con las mismas ganas que tú tienes, de estar aquí. No te apures, pero tampoco te demores.


Tu papá.


19 de junio de 2013

De gatos suicidas y gallinazos enamorados

Hace unos días, cuando el gris retomada por asalto su ciudad de procedencia - ganando una batalla, mas no la estación, que le es esquiva hasta este momento - dos escenas en la misma vía rápida en menos de cinco minutos se encargaron de recordarme que hacía buen tiempo que no volvía a esta bitácora.
En una curva, en ese espacio de tierra que divide lo que va de lo que viene, el cuerpo de un gato. Intacto en su forma. Pero con al menos un par de días de fallecido. Su pelaje ya sin brillo, aún dejaba ver la imponencia de lineas doradas que cubrieron su cuerpo, y ahora se apagaban sin remedio. M|e lo imaginé en su vida previa, andando entre jardines, dejándose tocar sólo por la mano a la que consideraba digna, sabiéndose sutilmente perfecto en medio de tanta imperfección. (Cierto, quizás no fuera así, pero así me lo imaginé en ese preciso momento).
Pensaba aún en el gato cuando tuve que detenerme por el tráfico - sí, en algunos momentos, hasta las vías más rápidas de rápidas solo llevan el nombre - y sin mayor esperanza de llegar a mi destino a la hora que me había propuesto, decidí perderme un momento en el gris del cielo, pero no pude. Dos gallinazos en danza de cortejo, dibujaban líneas ondulantes en el cielo. Se posaban en un techo. Se acercaba. emprendían nuevo vuelo, nuevas formas, nuevas danza coreografiada al milímetro. Iban y volvían, planeaban, se lucían, brillaban.

Un claxon y la necesidad de volver a la ruta acabaron de pronto con la escena.

El resto del camino me la pasé pensando en estas dos caras de la misma idea: Que lo hermoso de pronto se opaca hasta volverse grotesco, y que lo grotesco en algún punto merece ser considerado hermoso. A fin de cuentas, la belleza reside en el perceptor. Y podría ser que no dependa tanto de su capacidad de enjuiciamiento, sino de su voluntad de proyección. De cualquier manera, mi ruta sigue siendo larga.


7 de septiembre de 2012

De por qué el transeúnte necesita dejar de andar

En algún momento, mientras todos estábamos distraídos probablemente, un desconocido se encargó de llenarnos la cabeza con deseos de competitividad ilimitada que de pronto nos conducen hacia esa necesidad desmedida de echarse a correr. Y quizás, como suelo decir, no quería hacernos daño, es más tenía una buena intención, que con el tiempo - y el descuido - se le fue de las manos.
Lo cierto es que tenemos que trabajar más, para poder conseguir el puesto que queremos, que nos dará el sueldo que queremos, con el que compraremos la ropa que queremos, el carro que queremos, la casa que queremos, donde conectaremos todos los juguetes tecnológicos que queremos, que hagan juego con los muebles que queremos, que a su vez harán juego con la familia que queremos. Pero quizás la familia no está, porque está corriendo también, buscando lo que cada uno de sus miembros quiere. Y probablemente no quieran lo mismo. Y podría ser eso lo preferible, pues en toda competencia hay un solo ganador. 
Pero, ¿Es eso lo que queremos? 
Anoche me senté a jugar con Yupi, el perrito que la familia de Lore acaba de recoger de la calle, y mientras nos mirábamos, me pregunté si él tenía deseos de correr. Como no me respondió, Lore - que lee mi mente con una capacidad increíble - me contó que quiere ir a la calle, pero que luego de un tiempo - bastante corto en realidad - se sienta en la puerta de la casa, a esperar que le abran. Porque si corre todo el tiempo, ¿a dónde llegaría? Pero, sobre todo, ¿para qué?
Iba pensando en esto mientras una persona muy apurada tocaba la bocina sin cesar para que yo avance, sin darse cuenta que yo tenía delante 10 autos, y luego, un semáforo en rojo. ¿A dónde querría llegar? ¿Para qué? Quizás era importante, muy importante, pero sus acciones, ¿cambiarían en algo el hecho de estar atascado en el tráfico?
A veces es necesario dejar de andar, para no perder la perspectiva. Porque ser transeúnte es muy diferente a ser maratonista, en un mundo en el que nos han enseñado que la vida es una carrera. Por eso decidimos un día que los viernes por la tarde no trabajamos - salvo que hayamos decidido que sea así, y entonces cambiamos viernes por lunes -, sino que nos dedicamos a contemplar lo que pasa alrededor.
Y mientras algunos se escandalizan pensando cuánto se puede dejar de ganar por no trabajar una tarde (que luego los lleva a pensar en cuánto más se deja de ganar por no trabajar todo el día todos los días en el mágico 24/7/365 que ensancha bolsillos y estrecha mentes) yo pienso en cuántas cosas se pierden por estar amarrados a sus sillas (unas sillas que jamás dejan de andar), como supe estarlo yo por años.
Pero un buen día entendí por qué mamá me hizo crecer escuchando esta canción, sin saber que habría de recordarla décadas más tarde, para decirme cómo es que un transeúnte debe actuar.


29 de agosto de 2012

El hombre y el sueño de no ser el único animal consciente

En el asiento plástico, frío e incómodo - pero aún así, amable - de un aeropuerto, leí por primera vez The Cambridge Declaration on Consciousness, documento en el que científicos - no solamente del campo de las neurociencias - soportan la idea de que los animales no humanos tienen procesos análogos a los de nuestra consciencia. Pudo ser uno más de los artículos que reviso sin mucho interés, pero tratándose de un tema que me interesa desde antes de saber que así se llamaba, me detuve en él. En realidad el tiempo se detuvo para el aeropuerto. O al menos para mí. Decenas de ideas empezaron a dar vueltas, algunas muy antiguas (felices tras salir de su encierro que llevaba en algunos casos más de una década), y otras muy nuevas (una de ellas nació en ese aeropuerto, aunque cuidé que nadie escuche el grito que indicaba que estaba viva y saludable).
Muchas de ellas tomaron forma de pregunta, que luego transformé en imágenes, que fueron más allá del texto, generando una serie de postales en mi mente, quizás equivocadas pero intensas (y es que nacieron de mi imaginación y no del estudio), que más o menos tenían esta forma:

Cassandra, quien vive en casa desde hace 12 años, reacciona violentamente ante los extraños... Y lo sabe. Ella siente algo por ellos, algo equivocado, y aún a su edad - tal y como decimos de los adultos mayores de nuestra especie - tiene la capacidad y el derecho a cambiar ese hábito. Y quizás también lo sabe.

El toro en medio de la corrida, siente la tensión de estar ante un numeroso público al que no conoce. Lo abruma. Trata de salvar su vida haciendo lo único que sabe que puede hacer. Y un enemigo luminoso, acaba con él en una lucha desigual, injusta y cobarde. El toro no espera la estocada final, espera piedad de un animal mucho más evolucionado, que no significa en absoluto que sea más sabio, o bondadoso. Pero eso lo descubrirá demasiado tarde.

Una familia de pollos vive junto a otras familias en el hacinamiento extremo de un galpón industrial. Poco espacio para movilizarse, poca estimulación en medio de tanto blanco, poca razón para vivir. Quizás por las noches, en secreto, sueñan con campos infinitos en los que usan los músculos que no comprenden por qué, dado el uso de hormonas sin su consentimiento, crecen sin una explicación clara.

Hace algún tiempo, ocurrió una tragedia en el jardín de casa. La pareja de pericos que vivía en una jaula, no era más una pareja. Uno de ellos yacía sin cabeza en el piso del espacio común. ¿Asesinato pasional? De ser así, ¿la jaula sería, finalmente, el lugar adecuado para pagar por este crimen?

La idílica escena del perro que cuida el cuerpo sin vida de su compañero atropellado por un auto, se convierte en una estampa real de lo que representa la fidelidad, ahora sin ser metáfora. ¿Estaría un amigo tuyo en las malas contigo, incluso cuando ya no tengas vida?

Un grupo de gatos decide convertir el exterior de una iglesia en un parque su hogar. En este espacio transcurren momentos de descanso alternados con hazañas gloriosas de cacería nocturna. Es su territorio, su espacio. Pero de pronto un día los humanos se hartan de ellos. ¿Qué sentirán ante el inminente desalojo? ¿Y qué hacia aquellos que los defienden y piden su permanencia?

Y así, las imágenes siguen apareciendo, pero en el fondo sólo queda una gran incógnita: ¿Seremos capaces de cambiar la forma en que tratamos a los animales, ahora que sabemos - o al menos suponemos - que al igual que nosotros, saben lo que ocurre y sienten lo que les pasa?


Yo sólo sé, que al llegar a casa, la mirada de sus habitantes no humanos fue correspondida de una manera distinta.

26 de agosto de 2012

Identidad sin generalidad

Ayer por la tarde salí a pasear por una de mis ciudades favoritas. Cuando se trata de un viaje de trabajo, difícilmente puedo darme ese pequeño lujo por lo ajustado de los itinerarios, pero afortunadamente no encontré avión de regreso para ayer mismo (y por eso estoy escribiendo ahora, que el cielo aún no azulece, desde el aeropuerto)
Caminando entre vendedores de artesanías me encontré con un taller, el único en la zona, donde un pintor trabajaba con dedicación dos lienzos al mismo tiempo (aunque, para ser honestos, uno de ellos estaba secando y nunca lo tocó). Los años me han enseñado a reconocer al artista y distinguirlo del copista por necesidad, que (re)produce en serie y sin mayor gesto. Don Leoncio era de los primero, una especie que daba por extinta en este tipo de lugares. Así que, con curiosidad de transeúnte, empecé a conversar con él.
Media hora más tarde, minutos más, minutos menos, y luego de hablar de la técnica y los materiales, empezó a contarme su dilema, que era justo la raíz de mi curiosidad: Pertenecer a esa primera especie.
Le preocupaba que sus "vecinos" vendan indistintamente objetos de diferentes culturas, y que les diese igual si era una cerámica de Chulucanas o un tapiz con las líneas de Nazca. "Eso no es nuestro. No es de aquí. El turista va a pensar que todos somos lo mismo. Y eso no es cierto."
La preocupación de Leoncio era también la mía (trasladada a mi modesta realidad, claro). Aunque nunca la sentí tan viva como él. Leoncio podría estar replicando escenas de otras regiones, y daría lo mismo pintar con su destreza una panorámica de Machu Picchu o una escena de pesca en caballitos de totora. Pero no. Y en sus obras - hechas sobre lienzo grueso o madera de eucalipto, el árbol que crece en los territorios que rodean su ciudad - trata de reflejar escenas que son sólo suyas, y de sus "vecinos".
"Esta vestimenta sólo la ves aquí (señalándome la pintura de dos campesinos caminando con sus bultos). Y esta mirada es nuestra (mostrando la imagen de una niña tan bien pintada que sentí la fuerza de sus ojos, desconfiando del transeúnte extraño que mira sin respeto)."
Y era cierto. Tan cierto como el cuestionamiento de la falsa necesidad de ser tan iguales que terminaremos siendo piezas intercambiables. Estudiar lo mismo, trabajar en lo mismo, responder lo mismo, vestir lo mismo. Le hemos llamado versatilidad en medio de este mundo que nos exige hacer de todo, y ese todo es el que nos lleva a no significar mucho. Probablemente a significar nada. Entonces reviso en silencio cuáles son mis obras, si son únicas, si reflejan una realidad que es la mía y la representan con orgullo, si me siento cómodo con esta piel y con este oficio. Era demasiado para una tarde.
Me despido y regreso a la plaza con todas mis preguntas, y el extraño propósito de firmar mis obras, no como muestra de pertenencia, sino de identidad.

9 de febrero de 2012

La invisible música de los momentos inmóviles

Hace ya buen tiempo aprendí que la memoria es caprichosa, y entre sus caprichos, el que me resulta más difícil de manejar es el que indica que algunos contenidos básicos estarán relacionados a través de raíces - enmarañadas y resistentes - a emociones y sentimientos particulares, difíciles de disolver. Este capricho podría quedar en simple anécdota, de no ser porque nos expone a situaciones poco prácticas, como el bailable himno de un verano pasado que sonaba mientras nosotros, pedazos de corazón en mano, caminábamos rumbo a la desesperanza. Desde entonces, por mágico influjo, al sonar la canción, por más tiempo que haya pasado, una parte de nosotros rememorará esa sensación incómoda del vacío no esperado, no deseado. Porque así es la memoria.



Pero no todas las historias son como esa. Porque algunas de esas raíces, al menos las que recorren laberintos profundos en mi mente, están relacionadas a momentos de añoranza, de calor amable, de sutil sonrisa. Así por ejemplo, recuerdo la primera vez que escuché "Muchacha ojos de papel", que resulta que mi madre ya conocía muy bien, pero prefirió no decir nada ante el "descubrimiento" de este adolescente que era (aunque algunos digan que sigo preso de esa edad) que se sabía el único dueño de las verdades del mundo. Era invierno, de los bonitos, no como los de ahora, imprecisos, y yo entré a la cocina mientras el olor de la comida anunciaba una buena tarde. Meses más tarde vería el comercial de TV en el que terminó dicha canción y sufrí junto con los defensores de lo indefendible. También recuerdo "Seguir viviendo sin tu amor" y el láser en la cara del Flaco, jugando con formas inexplicables, mientras yo me preguntaba cuándo podría cantarle esos versos a alguien, pues por entonces aún no sabía lo que era sentir así.

También recuerdo con cariño cada uno de los tracks de La la la. Y cada uno tiene su historia. Así por ejemplo, vuelvo a la sala de mi casa diciendo sin sentido, antes de volver a clases "Soy la araña, la que cura la enfermedad", en una época en que mi lenguaje cifrado me protegía según yo del mundo en general y sin clasificación. Pero también está la voz de Luis Alberto cantando Gricel, dolida pero incógnita historia que terminó en un cuento fallido que empecé a escribir y dejé sin terminar. Y hasta hoy, cuando la escucho recuerdo el tacto de la franela, el aroma del jardín mojado y el tedio de las botas negras que no me quería quitar. "Asilo en tu corazón" se volvió mi tesoro secreto, la canción que nadie conocía y que no aprendía a tocar por miedo a desprenderme de ella, sin saber que era de todos. Cuando la escucho siento esa alegría de quien encontró la puerta abierta y reconoce dentro su casa. En fin.

"San Cristóforo" me recuerda que quise ser artista pero para serlo también hay que ser valiente; a "Pan" le guardo cierto recelo, por las circunstancias en las que llegó a mis manos;
"Spinettalandia y sus amigos" representa para mí el error máximo de calificación y me da vergüenza sólo de escuchar cualquiera de sus temas (fui tan injusto con quien me lo regaló); y "Los niños que escriben en el cielo" me recuerda que el cariño de la gente que crees más ruda y tosca es a veces sorprendente (y se asoma una esperanza por mi ojo derecho, así de la nada). Y podría seguir. Porque la memoria es así, y una raíz hace nudos con otras raíces. Pero algunas historias me las reservo por ahora.

Creo que por eso la música significa tanto para mí, porque almacena en una pequeña pieza un sinnúmero de vivencias, en cápsulas de emoción pura, en detonadores sensoriales que nos ayudan a vivir.

En fin, pronto va a amanecer y quizás lo único que importa de todo este ejercicio con matices de exorcismo, es que ayer por la tarde Luis Alberto Spinetta dejó este mundo, pero lo dejó lleno de su esencia y su música en el aire. Y quedará impreganda en cada uno de esos momentos inmóviles que definen finalmente lo que soy. Lo que somos. Transeúntes.
Gracias Flaco.

27 de agosto de 2010

Sólo hacer por hacer

Una buena noche de hace un par de décadas, decidí sentarme – o acostarme, no lo recuerdo bien – a escribir. Trabajaba sobre hojas sueltas, la mayoría de ellas impresas por una de sus caras, que heredaba de Papá Nica, mi abuelo materno, que trabajaba para una imprenta del gobierno. Entonces, en el lado B de formatos del Estado que no habían pasado el control de calidad, estampé mis primeras palabras libres, sin que fueran tarea, sin que tuviesen premio de por medio. Simplemente, escribir por escribir. Y si bien mi relación con la escritura ha sido la de un infiel empedernido que en el fondo ama a su mujer, porque sabe que es su vida (pero que no puede evitar abandonarla apenas se le cruza una distracción licenciosa y no necesariamente placentera), podríamos decir que se trata de una relación al fin y al cabo. Y funciona.

Luego llegaron los premios en los juegos florales del colegio – por los que en más de una ocasión casi fui linchado, porque los diplomas en mi colegio eran imanes de golpes e insultos – , y más tarde la universidad, con nuestro pequeño Vórtice, nuestra publicación del taller de creación literaria, el primer libro artesanal. Como todo amor, nace intenso e impetuoso, pero sobre todo, ciego. Años más tarde, cuando la pasión se apaga porque hay que pagar las cuentas y no tuviste el valor suficiente como para poder decidir vivir de tus palabras, la dejas a un lado, la ocultas en casa, te olvidas del beso de las buenas noches.

Por eso empecé a escribir de forma más breve, como artificio para salvar mi relación, porque en realidad creía en ella, aunque estaba demasiado ocupado como para poder dedicarle el tiempo que me hubiese gustado. Y allí descubrí el secreto. Porque la llama se aviva en ocasiones, cuando la relación de casa toma forma de affair, y lo cotidiano se transforma en aventura. Y así, en silencio, me fui llenado de papeles, irregulares, sin mayor coherencia, con una total inconsistencia e inconstancia, pero llenos de palabras al fin y al cabo.

Hasta que un día alguien me dijo “¿Y por qué no escribes un blog?” Yo, que durante mis cuatro primeros años de universidad me había negado a usar computadora porque era una aberración teclear sin fuerza, corregir sin mancha, redactar sin alma, empezaba a sentir curiosidad por este espacio privado que podría ser público. Y un buen día, empecé. Si es que hasta aquí no te has aburrido, me gustaría que, si puedes, saltes a los posts anteriores, y veas la insensata línea de tiempo que carece de lógica. Porque escribo cuando puedo, pero sobre todo, cuando lo necesito. Y escribo para mí. Eso hace que cuando otro lee lo que escribo y me cuenta que sintió algo o pensó algo al respecto, me siento más que satisfecho. Porque hay otro que se encontró entre mis palabras, al menos en algunas. Supongo que es por eso que me causa algo de gracia el afán de algunos amigos por que vote por sus blogs para que ganen premios en concursos, o que les dé puntos en una determinada página que les da mayor exposición, o que los ubica en un ranking.

Y no te confundas: Yo viví para mis premios por años. Pero un buen día descubrí que el mejor premio es saber que aún habitan las palabras dentro de ti y que con un poco de esfuerzo, las puedes exorcizar. Sólo hacer por hacer.

11 de mayo de 2010

Y si todo tiempo pasado fue mejor...

Los refranes y dichos resultan una construcción histórica tan representativa como un edificio emblemático o un símbolo patrio. Y tras tres décadas de ser un usuario recurrente de las frases propias de nuestro idioma, creo que podría empezar a hablar sobre ellas. Empecemos por la que le da título a este post.


Recordamos porque nos viene bien escapar de la realidad cada vez que nos cansamos de ella. Y escapamos. Y nos refugiamos en aquellos lugares seguros y cálidos a los que llamamos pasado. Entonces, por una suerte de magia infalible, aparecen en nuestra mente como proyección de película de domingo por la tarde, los mejores momentos que hemos tenido, todos ellos matizados por el deseo y la intención, que viven juntos en la misma casa que la memoria (tema que será objeto de un nuevo post), creando una especie de “versión alternativa libre” de lo que fue aquella realidad de la que, ya hemos dicho más de una vez, no somos capaces de guardar un registro fiel, pues, a fin de cuentas, nadie sabe bien qué es exactamente.


Lo cierto es que, de pronto se va desdibujando el contorno oscuro de cada figura y queda tan solo la zona clara y precisa. Esa es la historia de nuestros recuerdos retocados, como fotografía enviada al especialista para que la reviva, parche las zonas perdidas, elimine al personaje desconocido (o detestado) y las manchas de la pared, y hasta amplíe la sonrisa para hacer del documento gráfico una inequívoca muestra de completa felicidad.


Trata, trata un poco más, y verás cómo, en medio de esas historias, desaparecieron las grietas, se compusieron las cosas rotas, y el calor más sofocante o el frío más despiadado se transforman en templado clima de media estación. Y así.


Entonces, “todo tiempo pasado fue mejor” no deja de ser más que una ilusión de las que nos queremos creer porque nosotros mismos nos las inventamos. ¿Qué hacer entonces con cada uno de esos recuerdos, ahora que sabemos que no son fieles? ¿Servirán para ocultarnos ahora, o es que acabamos de darnos cuenta que estamos desnudos? “Todo tiempo pasado fue mejor”, quizás sería la frase que nuestros primeros padres estarían autorizados a repetirse cada vez que comprendían el lugar al que no habrían de volver. Y si no habremos de volver, ¿de qué nos sirve pensar en ello?


Todo tiempo pasado nos trajo hasta aquí. Como tal, no es ni mejor ni peor. Simplemente es. ¿Mañana? Depende de hoy.

2 de mayo de 2010

El rol de quien desea hacernos mal

Piensa en una persona que hoy te quiso hacer daño. Y que no se trate de un encuentro fortuito o una situación pasajera. No. Piensa en esa persona que parece que encontró el sentido de su vida en hacer la tuya simplemente imposible. Y lo disfruta.

¿Cuál sería la verdadera razón por la que alguien, sin aparente motivo, decide hacer de nosotros víctimas para convertirse en victimarios orgullosos, ejecutores de torturas que sólo ellos disfrutan? ¿Es acaso tan placentero ver sufrir a otro en manos nuestras? Podríamos probar. O podríamos no hacerlo, porque simplemente no nace de nosotros la simple idea de hacerle pasar a otro algo que no se merece.

Merecer el sufrimiento o el dolor es una idea clave en este contexto. ¿Qué es lo que merecemos cada uno de nosotros? Por un segundo detente y responde a esta simple pregunta: ¿Qué es lo que realmente me merezco? Y luego mírate. ¿Por qué no soy quien merezco ser? Sé que me lo merezco. El resto corre a cuenta de nuestras ideas sobre la justicia.

Entonces, en medio del espiral de ideas y contraideas que se arremolinan en nuestra cabeza, surge el principio genial: Si yo no me lo merezco, ellos tampoco. Pero ellos son demasiados, así que podría empezar por uno. O dos. O tres. Pero no más. Y es así como inicia el sencillo trabajo de seleccionar a las víctimas de nuestro descontento. En poco tiempo las tenemos listas y esperando. Generalmente son las que sonríen más, las que tienen más, las que poseen aquello que deseamos, no, que codiciamos y que sabemos que no tendremos. Y nos enfocamos en ellas y volcamos hacia ellas nuestros intentos de maldad.

Entonces, ¿qué podemos hacer nosotros? ¿Simplemente no demostrar que somos felices, y así dejar de ser blanco fácil? ¿Señalar a un otro que pueda ser más feliz que uno para salvarnos de ser víctimas? ¿Salir corriendo? Son alternativas. Pero a mí se me ocurre una mejor pregunta: ¿Cuál es el rol de esas personas en nuestras vidas? Porque así de fácil no nos las vamos a poder quitar de encima, y no podemos permitirnos que se salgan con la suya.

Leí en algún lugar una frase atribuida al Dalai Lama, que indicaba que nuestro peor enemigo es nuestro mejor maestro. No sé si sea de él la frase, pues la fuente no me resultaba confiable, pero lo que sí sé es que esa frase encierra una gran verdad. Y la respuesta a mi pregunta.

El rol de las personas que nos desean el mal, y que hacen hasta lo imposible por lograrlo es el de poner a prueba nuestras fortalezas y deseos. Si nos hacen desistir en algo es porque en realidad no queríamos ese algo. Si nos llevan a dudar de nosotros es porque no estamos seguros de quienes somos. Si nos llevan a la frustración, estamos ante una imagen de nosotros mismos que nos debería llevar a la acción. Y es eso: Un llamado a la acción, una invitación a creer, a intensificar, a valorar.

Mi madre, que era simple, directa y sabia, un buen día, cuando me vio explotar de cólera contenida contra una persona con la que trabajaba por aquel entonces, y que me hacía la vida imposible, me dijo con calma: “Mañana vas a ir, le vas a dar un beso y la vas a abrazar. Y mientras más la quieras odiar, más la vas a abrazar. El odio sólo te hace daño a ti.” Y en son de broma fue lo que hice. Y el resultado fue inesperado: Tenía delante de mí a una persona que había dejado sus armas en el suelo, completamente confundida y sin comprender qué estaba pasando. Desde ese día, empecé a entender de qué se trataba el juego.

Empecé a escribir este post para tomarme con calma la jugada maestra de alguien que me acababa de privar de algo muy importante para mí. Quizás para siempre. Y es a ella a quien se lo dedico, porque me invitó a volver a escribir, luego de varios meses de no hacerlo. Y porque me invitó a creer en más cosas de las que ella misma podría imaginar. Muchas gracias, maestra, y espere las flores que le enviaré como muestra de mi respeto.

10 de octubre de 2009

Y ahí va... (Una letra para que la cante Mercedes)

A mamá siempre le gustó cantar. Creo que por eso me gusta a mí. Y creo que por eso conocí a Mercedes. Mamá me la cantaba de pequeño, y sólo a veces me la hacía escuchar. No por egoísta, y mucho menos por estricta, sino porque casi no tenía casettes. Y menos long plays. Por eso, para escucharla, había que esperarla en la radio.
Sé que la conoció en la universidad, y que la hizo suya para regalármela a la hora de hacerme dormir. Luego, la cantaría cuando quería recordar esos momentos irrepetibles: Los de la universidad, o los de mis primeros sueños intermitentes.
Décadas más tarde, cuando di mi discurso de graduación del Máster - que ahora recuerdo que prometí colgarlo en algún lugar para que lo puedan leer mis compañeros y que luego olvidé hacerlo - entre los agradecimientos habituales, hice un alto y mencioné a mamá, y para acompañarla repetí la frase de Fito Paez, diciendo que era "parte del aire", porque no se me ocurrió otra mejor, y porque es verdad.
Hoy, Mercedes también es parte del aire, y me siento cada vez más convencido de que se trata de la mejor frase para poder describir la situación en la que se encuentra aquella persona que dejó de ser una para volverse parte de todos.
Es quizás por eso que me cuesta dar frases de aliento, igual que llorar en los funerales, porque no lloraré ante un cuerpo que sucumbió por debilidad, sea cual fuere la causa secundaria. ¿Recuerdan mi teoría inconclusa sobre la naturaleza del transeúnte? Si es en parte cierta, ¿No estaríamos llorando de manera egoísta por alguien que ya no ocupa un espacio para nosotros? ¿Y por qué no celebramos lo que nos queda? ¿Y por qué no recordamos con aprecio la marca que llevamos y que no se borrará con nada? ¿Y por qué no escuchamos las canciones que se quedaron colgando, en el aire, y que se repetirán sin cansancio, con cada soplido de viento inofensivo, pero cargado de significados?
De pronto el tiempo se detiene y empezamos a mirar las cosas que nos rodean con otros ojos, efecto de un corazón que late más fuerte cuando ya no pertenece a su cuerpo.
Y aví va, la Negra preciosa, parte del aire, presente en cada una de las cosas que nos la recuerdan.
Ahora, Mercedes, si me equivoco, y si no estás aquí, sino más bien allá, y nos puedes escuchar, te diría que busques a una mujer de voz dulce y afinación natural, que está cantando una de tus canciones. Quizás sea mamá, y se alegre, al saber que no tendrá que esperar a que te pasen por la radio, para poderte escuchar.

2 de septiembre de 2009

Deberías saber por qué... (Relato inconcluso en tres escenas)

Escena 1
Lo vi a través de las cámaras de un noticiero que me resultaba completamente nuevo, tocando por primera vez luego de meses, en un pequeño escenario, en medio de una plaza que no era para nada el lugar en el que me lo había imaginado. Y allí estaba, volviendo a la vida, habiéndole ganado a quien lo tuvo prisionero por décadas. Era él. O quizás no. Quizás era alguien nuevo, a quien nunca había conocido.


Escena 2
La cola para las entradas había sido muy larga. El buen César, que simplemente lo detesta, se había comprometido a comprárnoslas usando su tarjeta de crédito, por el descuento. Y allí estuvo, de pie, avanzando de a poquitos, hasta que yo llegué, cuando sólo faltaban tres personas en la cola. Me dijo: "Hoy se acaba el descuento para Laura Pausini también. Debe ser por ella..." Quizás tenía razón. Entradas en mano, le propuse ir por comida japonesa, para cambiar el sabor del momento. A mí me sabía a gloria.


Escena 3
El Dr. Reaño publicó en su Facebook el vídeo oficial de "Deberías saber por qué". de primera vista, entre tantas actualizaciones, no le hice mucho caso, a fin de cuentas, a veces Reaño postea cosas raras, me dije, pero no me esperaba esta sorpresa. Y allí estaba yo. En una pieza. Mirando a este hombre nuevo, articulando frases simples pero de una fuerza contundente, ensayando acordes habituales, pero con un aire nuevo. Era él. Y ya sin conocerlo, pero empezando a conocerlo, me llené de alegría.

¿A quién admiras tú? ¿Y qué parte llegaste a odiarle? ¿Qué te impidió divinizarlo a pesar de la insistencia de otros menos exigentes que tú? ¿Y qué si un día esa parte deja de existir? ¿Y qué si la alegría rotunda brota desde dentro, por alguien a quien ni siquiera conoces? ¿No valdría la pena igual saltar, gritar, llorar? La sensación es indescriptible, tanto, que valdría la pena repetirla.

¿Y por qué no admirar entonces a un cualquiera que nos rodea, y alegrarnos por su mejoría, por su nueva sonrisa, por su cambio de ojos, por su vuelta al mundo?

Las alegrías, todas, vienen envueltas en papel de regalo.

Say no more.

13 de junio de 2009

La conexión en medio de la distancia y la multitud

Revisando mis cosas, me di cuenta que tenía este post, de junio, a medio hacer, así que, como buen creyente que soy del destino y sus intenciones, decidí matar mi abandono, y acabarlo. Aunque no sé si era esto lo que en realidad quise decir.

Jueves, 10.00 p.m. Somos un grupo pequeño pero entusiasta. Estamos allí, en primera fila, quienes esperamos a quien fuera nuestro ícono de adolescencia y juventud. El que sentimos que nos cantaba Animal Nitrate a nosotros. Al oído. Los años pasaron, maduró con nosotros, se volvió serio, melancólico, melódico, místico, mítico. Al menos para nosotros. Quizás para otros simplemente no existió jamás. O si existió pasó por la memoria como quien ocupa un pequeño espacio de una pared (No haré referencia a la pared del parque de Closer, del que una de las protagonistas sacó su nombre, aunque, en realidad, lo acabo de hacer)
Y entonces aparece. Y nos hace saltar. Y nos transmite lo que no pudo hacía 15 años, porque Londres estaba tan lejos, y nosotros tan sumidos en nuestras propias dudas existenciales, en medio de un país tan adolescente como nosotros.

Y allí estaba, no en un estadio, no delante de miles, sino frente a un puñado de personas con memoria intacta, dispuesto a estrecharle la mano. Y estrechó la mía.
Siempre me pareció exagerado tratar de lanzarse sobre otro ser humano con tal de tocar al menos una pequeña parte de su ser. ¿Para qué? ¿Qué ganamos? ¿Qué logramos? ¿Cómo nos hace diferentes, nuevos, salvos?
Y sin embargo, allí estaba, dándole la mano. Y en medio de la distancia, de la multitud, acababa de tocar mis años adolescentes. Tal cual. Era como darme la mano a mí mismo, al del pasado, al que bailaba sólo contra la pared, al que no daba la mano.

Era algo parecido a cuando te encuentras con esa persona que te hizo tanto mal y no pudiste perdonar, y se te revuelven las entrañas al verla pasar de pronto. O cuando miras a aquélla a quien juraste olvidar, y en segundos comprendes que el tiempo no sirvió de nada. Pero claro, no se compara, porque eres tú mismo.
Entonces valdría preguntarse ¿Y qué siente el artista cuando esto sucede? ¿Sentirá algo? ¿Sentirá cómo se transmuta y convierte en muchos otros? ¿Se verá en nuestros ojos? ¿Nos verá en los suyos? Nunca lo sabré. Pero me gustaría creerlo.

28 de febrero de 2009

Del por qué somos transeúntes y otros menesteres de la ruta (parte 3)

De la marcha incesante que no es resignación

Imaginemos ahora que en realidad no tenemos un lugar donde vivir. Que hemos sido desterrados por algún delito que no comprendemos bien, y recordamos peor, por el que hemos sido condenados a vagar sin remedio. Y allí estamos. Sin pertenencias, resignados a transitar sin rumbo hasta el fin de nuestros días. Asi estaba escrito, y así habrá de ser. ¿No resulta curioso el determinismo en estos términos?

Ahora pensemos en una buena causa. En un deseo honesto. En la consumación de una intención elevada. Y escuchemos de pronto una voz que viene de dentro de nosotros mismos y nos dice: "He escuchado tus deseos, y los obtendrás, pero sólo si te echas a andar sin retorno, y no te detienes jamás."

¿Y el cansancio qué? ¿Y la ruta desconocida qué? ¿Y los peligros de la noche qué? Es aquí en que decidimos dar el primer paso. Hacia la ruta, o hacia el lugar donde recibimos por primera vez la oferta, para saber si sigue en pie. Y somos nosotros quienes elegimos.

No obstante, en realidad no hay premio al fin. Quizás ni siquiera haya fin. Y tampoco estemos obligados a buscarlo. ¿Sigue valiendo la pena? ¿O es necesario pensar de todos modos en el final por el que el sacrificio valdrá la pena? Es importante contestar a estas preguntas, pues de lo contrario, en algún momento, podríamos sentirnos tentados a cambiar de naturaleza, y querer tomar a alguien en la ruta, atarlo a nuestra muñeca, y luego, llevarlo hasta una zona sin tráfico, y construir una casa. La casa tendrá un jardín. El jardín tendrá arbustos. Los arbustos, flores. Y las flores una vida transitoria, modesta pero admirable, a la que preferiremos ignorar, para no recordar que estamos dejando de lado nuestra esencia a cambio de dulces raíces, fuertes pero temporales. Y peor aún, nos recordará que, indefectiblemente, habremos de volver a caminar.

La resignación del transeúnte no es resignación. Y si lo es, entonces no es transeúnte.

Del por qué somos transeúntes y otros menesteres de la ruta (parte 2)

La dinámica espacio - temporal del transeúnte
Una de las variables curiosas que definen al transeúnte es la pecular forma en que vive los conceptos de tiempo y espacio. Si retomamos el discurso previo (con las disculpas del caso por la demora y el agradecimiento a quien recordó la deuda pendiente) recordaremos que el transeúnte lo es en tanto reconozca su naturaleza transitoria y transitable en medio de una serie de rutas que se entrecruzan, entremezclan o superponen.
En este contexto, la experiencia del transeúnte se compone de cada uno de los recuerdos que posee, de coincidencia o paralelismo en la ruta, con otro de su especie. Siendo así, ¿qué podemos decir respecto al tiempo que el transeúnte deambula en completa soledad? ¿está él ahí si es que no está para nadie?

Estar para alguien. O para algo. Ese es el mandato habitual, la convención irrefutable. Debes estar de pie para que tus padres aplaudan. Luego deberás estar antes de las 3.00 a.m. para que no se preocupen (o no te castiguen. O ambas). Luego deberás estar a tiempo para que él o ella no se cansen de esperarte; y deberás estar bien despierto para que otro no se lleve lo tuyo. ¿Y qué sucede con el simple hecho de estar por estar?¿Y el no estar por no estar? ¿Qué sucede cuando no hay nadie a quién dar explicaciones? ¿Cuando no hay a quién responder? ¿Cuando no hay a quién despertar? Quizás el transeúnte no esté. Y sea sólo eso.

Recuerdo claramente cuando mamá me contaba de pequeño sobre los barcos que desaparecían en el Triángulo de las Bermudas y cómo, años más tarde, sus tripulantes reaparecían, sin comprender dónde estuvieron, ni por cuánto tiempo. ¿Y es que no nos pasa a todos lo mismo cuando decidimos, simplemente, dejar de estar? Tal vez la única condición adicional sea que nosotros lo hacemos posible, y no un error o un fenómeno inexplicable, o un (des)afortunado accidente.

Luego, el espacio que define el mundo del transeúnte es el que sus pies sean capaces de reconocer.

¿Y qué decir del tiempo? El tiempo para el transeúnte sigue una lógica distinta. Y es que el tiempo supone, desde la dinámica de la ruta, una intensidad impregnada de subjetividad. Como los recuerdos (que son el recorrido) no se expresan en minutos (ni en Kbs, ni en amperios, ni en kph) no tiene sentido tratar de cuantificarlos a través de un reloj. En este caso, la medida del tiempo es la intensidad de la vivencia. Como tal, un recuerdo tenue ocupará un destello minúsculo en la memoria, aunque, para el tiempo vulgar haya durado varios años. En cambio, un contacto intenso, de unos pocos segundos, podría volverse tema recurrente, que abarque la vida entera, y aún así, no llegue a terminar. De esta manera, las conversaciones irrelevantes de un compañero de ruta incidental, que fue con nosotros camino al colegio durante siete años, serán segundos al lado de la primera lluvia con truenos, del primer roce de la piel preciada, del último beso antes de abandonar la idea de poder tener una casa y compartirla. Y el recuerdo habrá de repetirse, hasta el cansancio, o extenderse hasta sacarnos de la conexión (denominada realidad) por horas completas. ¿Pocos segundos durarán entonces media vida? ¿Y por qué no?

El tiempo de la memoria posee sus propias equivalencias, únicas e irreproducibles.

12 de noviembre de 2008

Del por qué somos transeúntes y otros menesteres de la ruta (parte 1)

(Probablemente sea un poco larga la explicación solicitada por algunos amigos, motivo por el cual la dividiré en tres partes... Disculpas por eso, y por mi irremediable aversión a lo breve)

Quizás uno de los principales motivos por los que sufrimos sea el sentimiento de pérdida. es más, podríamos reducir el terreno del sufrimiento a esa única razón. Como ejercicio simple, piensa en un momento en el que hayas sufrido intensamente, y luego recuerda cuál es la pérdida en dicho caso. Uno de nuestros primeros llantos desconsolados se debe a que, en medio de la lógica egocéntrica de los primeros días - y que luego puede perpetuarse, como muchos de nosotros sabemos y conocemos de casos cercanos - sentimos que hemos perdido para siempre a la persona que nos da calor, alimento y cuidado. Hasta que la volvemos a ver, y todo vuelve a la normalidad. Luego, nos resentimos cuando nos dejan, porque, literalmente, nos han abadonado, aunque sea por algunos minutos, pero abandono al fin y al cabo. Y el abandono es una pérdida. Luego lloraremos porque perdimos un partido, perdimos una oportunidad que esperamos mucho tiempo, perdimos la amistad de alguien que nos falló o a quien fallamos, perdimos el amor de la persona con la que pensamos compartir la vida, y perdimos a quien perdió la vida cuando nos había prometido - sin hacerlo - que eso no pasaría jamás.


La lógica de la pérdida nos acompaña hasta el cansancio. Incluso, cada vez que tomamos una decisión, sea la que sea, por más trivial que resulte, estamos perdiendo cada una de las otras infinitas posibilidades de actuar. Y como tal, infinitas pérdidas potencialmente podrían embargarnos. Luego, la opción de la quietud completa sería una buena alternativa. Nunca más decidir significaría nunca más perder. Si no decido ser tu amigo, no corro el riesgo de perder tu amistad cuando me falles. Si no decido tener una pareja evito la posibilidad de perder ese amor tras un engaño, o tras muchos años, perderlo porque la muerte que suele tener sus propios parámetros de justicia, decide llevarse a uno antes que al otro.


Pero no podemos darnos ese lujo.

Ahora piensa en una especie de mapa de rutas, pero un mapa grande, completo, lleno de pasajes, calles y avenidas. Infinitas vías, todas completamente entrecruzadas, muy desordenadas, como en aquellos distritos donde las calles no son rectas, sino curvas y con gracia. Una vez planteado el escenario, es necesario ubicarse en él, así que encuentra el mejor punto. Y ponte a caminar.

La lógica del transeúnte es - en principio - bastante sencilla: Estamos en medio de este espacio lleno de rutas, en el que, en determinado punto, habremos de encontrarnos con otras personas que, como nosotros, andan caminando hacia alguna parte (aunque hay que admitir que muchos sólo saben que caminan, no hacia dónde ni por qué). La interacción entre estos personajes y uno varía de intensidad, desde la casi inexistente hasta la extremadamente intensa. Como tal, generalmente en la ruta encontramos personas a las que ni siquiera miramos a los ojos, personas que caminan por sendas paralelas, pero en las que no reparamos. En otros casos, en una intersección nos encontramos con un personaje con quien nos gustaría detenernos a mirar el paisaje, pero no podemos, pues la luz cambia de pronto (como en el vídeo de Skank, del que hablaremos en la segunda parte, con gusto). Y en otros, de pronto, a nuestro lado, alguien con quien iniciamos una charla larga y honesta, o a quien tomamos de la mano, o con quien empezamos a hacer planes para el siguiente recorrido. O todo a la vez.

Lo cierto es que, si entendemos que cada uno de nosotros realiza una secuencia de rutas distintas, que posee infinitas variaciones posibles, y que su destino (o punto de arribo) no es el mismo que el nuestro (cada transeúnte tiene un destino individual y único, como veremos een la tercera parte) entonces no nos queda más que comprender la naturaleza temporal del paso simultáneo. Como tal, una vez comprendida esta dinámica, debemos asumir la fugacidad, y no aspirar la eternidad. Pero no sabemos cómo. Es más, probablemente al haber leído esta última frase, puedes haber pensado "¡Qué conformista!" y se te empezaron a quitar las ganas de seguir leyendo. Y por eso mismo prometemos "amarnos para siempre", o "nunca fallarnos", o "estar cada vez que me necesites", cosas que decimos sin comprender la real magnitud de cada una de dichas palabras, todas cargadas de cierta falsedad, pues no somos capaces de prever las múltiples posibilidades que el futuro nos depare, ni la capacidad de cumplir nuestras promesas en tan variadas circunstancias.

Comprendida la naturaleza efímera, el siguiente paso es asumir una de dos lógicas:
1. Empezar a aferrarnos a cada personaje de nuestra ruta, para evitar que - indefectiblemente - se vaya, o
2. Empezar a disfrutar cada segundo de estos personajes, porque ese segundo es invaluable, especialmente porque podría ser el último.

Asumir la segunda postura, supone comprender nuestra naturaleza de transeúntes, es decir, de personajes que transitan por calles interminables, disfrutando cada único segundo de interacción, de conversación, de compañía. Como tal, no existe la pérdida, pues los segundos vividos no se pierden, pero, mejor aún, las marcas de los contactos - de los que queremos guardar con cariño - nunca se borrarán.


Un transeúnte no tiene casa.
No tiene calle propia.
Sólo tiene sus zapatos.



20 de octubre de 2008

En realidad hay muy poca gente

Es la séptima vez seguida que miro el vídeo e inevitablemente vienen a mí nuevas escenas de cada uno de esos momentos complicados en los que me he sumergido peligrosamente durante todos estos años, en los que, afortunadamente, siempre ha habido alguien que se ha encargado de rescatarme, quizás no temprano, pero sí lo suficientemente pronto como para evitar un mal mayor. Y luego vienen a mí las instantáneas de aquellos momentos en los que yo he sido esa persona, de los que me enorgullezco pero sin hacer alarde, de los que no habré de hablar porque sino perderían la magia.


Piensa en los golpes que has recibido. Haz una buena revista de cada uno de ellos, no solamente listándolos, sino reconociendo su motivo real, la causa en la que no pensaste cuando estuviste nublado por el desconcierto o la furia posterior. Recuerda la escena completa, los detalles mínimos, aquello a lo que no le prestaste atención. Piensa en el dolor posterior, y no me refiero al físico. Y luego piensa en las personas que se encargaron de aliviarlo. Porque no es cierto que uno solo se encargue de eso, ya que, como dice el mismo bunbury en otra canción, "el tiempo no cura nada, el tiempo no es un doctor". Quizás, como dice esta canción, en realidad haya muy poca gente. Realmente muy poca. Pero en esta dinámica de transeúntes perpetuos debemos comprender que no se trata de una cuestión de volumen, de cantidad en bruto, de apilar nombres, o fotos, o rostros. Se trata de conservar la mirada hacia adelante, sin pensar en los golpes que vendrán, sino en las personas que se encargarán de hacer que eso no sea impedimento para seguir avanzando.

Recuerdo claramente una conversación con alguien que, ocasionalmente, caminó por la misma vereda en alguna de estas rutas extrañas de transeúnte, y nos enfrascamos en la discusión de quiénes eran realmente amigos. Nunca llegamos a un acuerdo, y asumo que ya no tendremos más ocasión para poder romper el empate técnico, pues mientras ella defendía la idea de que podían ser cientos, yo me limitada al espacio reservado a los dedos de mis manos.
Hoy sólo sé que en realidad hay muy poca gente. Y es a ellos a quienes empezaré a buscar, apenas cierre estas líneas, por el simple hecho de darles las gracias.

6 de octubre de 2008

En medio del ruido habitual de una sesión de caso

En estos momentos, frente a mí, 35 personas conversan en voz alta. Están resolviendo un caso en el que, a partir de sus decisiones, podrían llevar una empresa a la ruina. O hacerla crecer. Las 35 personas se han tomado muy en serio el rol de personajes clave de sus respectivas instituciones inexistentes, y en estos momentos discuten sobre las implicancias de cada uno de sus próximos pasos. Este es el momento perfecto para equivocarse, pues lo que hagan en el papel, quedará en el papel. Y será objeto de discusión, de análisis, de conclusión, incluso de calificación, pero nunca de reproche, culpa o vergüenza.

En estos momentos, mientras mis 35 se esfuerzan por dar la respuesta más cercana a lo correcto (que saben, por principio, que no existe, pues lo correcto y lo incorrecto son categorías inútiles cuando las variables externas son infinitas), me pregunto por qué tenemos espacios para aprender a tomar decisiones empresariales y no decisiones de vida. ¿Quién nos enseña a aprender a decir hasta luego y no adiós? ¿Quién nos muestra el verdadero costo de perder una amistad? ¿Quién nos conduce a no elegir a la persona equivocada para construir nuestras vidas, y evita que nos precipitemos al fracaso? ¿Dónde aprendemos a plantear escenarios posibles y reflexionar intensamente en torno a ellos? ¿Dónde a mirar en perspectiva y desde fuera de nosotros mismos? ¿Dónde a pensar en los involucrados y el real impacto en ellos?

No existen escuelas de simulación para la vida. Y si las hay, ¿serán efectivas? ¿Es que realmente la simulación garantiza el aprendizaje para lo que no estamos seguros que vendrá? ¿Tendremos mejores alternativas de supervivencia, o al menos la esperanza de una mejor calidad de vida? Recuerdo a Charly García en Desarma y sangra, diciéndome al oído que “no existe una escuela que enseñe a vivir”.

El tiempo acaba de concluir. Los 9 equipos en los que se han dividido mis 35 ya están listos para darme sus respuestas. Y, en medio del ruido habitual, no volveré a estar seguro de la mejor respuesta.