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30 de septiembre de 2013

¡Oye, Esteban!

Son las 3.50 a.m., e increíblemente esta noche estás dejando dormir a mamá. Gracias por eso.
¿Sabes? Dicen que aún no estás listo para salir, que tienen que pasar todavía unos cuantos días, pero eso a ti no te importa, y pateas, y empujas y te esfuerzas por ver cómo es todo acá afuera. Quizás sea momento para contarte algunas cosas, antes que alguien más se me adelante, o que tus ojos - como los de todos los demás de nuestra especie - empiecen a jugarte malas pasadas, mostrándote fracciones antojadas de la realidad.
Podría comenzar diciéndote que valdría la pena no estar tan emocionado, ni tener tantas ganas de salir. Las cosas aquí afuera no van muy bien que digamos. Los de nuestra especie quieren acabar con todas las demás especies - no preguntes por qué - y con los de su propia especie - tampoco preguntes -. Ah, y con el mundo. Quizás por eso hasta ahora no has escuchado las noticias de la televisión. Y no es que nos tapemos los ojos. Las leemos, las seguimos, nos las cruzamos. Pero sentarnos a verlas, se nos hace un poco masoquista. Espero que comprendas. Pero, llegado el momento, si quieres, tendremos cable en casa, y si te portas bien, podrás elegir el canal para ver.
Podría continuar diciéndote que la mejor manera de ser feliz es esperando poco de los demás, porque esa idea de dar y recibir es un cliché hermoso que alumbra a unos cuantos, pero que a quienes como yo decidimos vivir de nuestra libertad, no nos ayuda mucho a llegar en pie al fin de mes. Recibe antes de dar, y luego veremos. Ese sería un buen primer consejo de padre de estreno.
Y después podría decirte que, infortunadamente, te tocó nacer en un lugar sin memoria, donde cometemos los mismos errores una y otra vez, en una especie de cine donde todas las noches se proyecta puntualmente la misma película, con espectadores que sufren de la amnesia más severa, y que a su vez son tan ingenuos que no sospechan que quienes habitan la pantalla son actores que siguen un guión que otro escribió hace ya mucho. Que preferimos decir "yo te llamo" a "no volverás a saber de mí", "yo me encargo" en vez de "que Dios te ayude", o "déjame ver qué puedo hacer por ti" en lugar de "pobre de ti, no hay nada que pueda hacer".

Podría decirte tantas cosas.

Pero tus ganas de salir pueden más que esas cuantas ideas que a veces cruzan por mi mente, cuando pienso en el suelo en el que pondrás tus pies dentro de poco.
Esas ganas de venir que te nacen así porque sí, son las que me hacen pensar que quizás estás inquieto porque quieres que las noticias sean otras, y para eso, necesitamos personas que quieran empezar por ser eso: Personas. Las noticias no se escriben solas, pequeño, alguien las hizo, con sus acciones. Así que allí está el secreto: Que tus acciones sean dignas de cambiar los titulares sombríos y grises, por anuncios luminosos. No será fácil, pero no estarás solo.
Esas mismas ganas de venir son las que me recuerdan cada vez que tomamos la última moneda que tenemos en el bolsillo para comprar ese producto que no necesitamos, pero que es la venta que esa persona necesitaba para poder vivir un día más. Pregúntale a tu hermana. Ella está contenta porque muchas veces ha comido "el caramelo más rico del mundo", no por su sabor, sino por su valor. No importa si no lo entiendes ahora, ya lo sabrás, y lo verás y (espero) lo harás en su momento. Porque nadie recibe lo que primero no dio. Si alguien te dice lo contrario, no le creas. Recuerda: Nuestros ojos nos juegan malas pasadas.
Esas únicas ganas que me recuerdan el discurso del profesor de tango de La suerte está echada (me gustaría que veas esa película, en serio) sobre dar un paso al costado, salir del círculo, y dejarlo pasar, para empezar una nueva realidad. Completamente nueva. Empezando por un lenguaje completamente nuevo también, en el que podamos ser francos y honestos al decir que nos haremos cargo, que nos preocupamos, que veremos por el otro, que somos es más grande que soy.

¿Sabes? Vendrás en el momento preciso, ni antes ni después (como le digo a mamá cada vez que ella me pregunta cuándo calculo que vendrás. No le hace gracia mi respuesta, eso sí), y llegarás a un lugar en el que hay muchísimo por hacer. Prometo esforzarme hasta el cansancio, para no dejarte demasiada tarea pendiente, y heredarte algunas buenas costumbres que quisiera se vuelvan tradición. Pero eso queda por tu cuenta.

¡Oye, Esteban! Este mundo es único y maravilloso. No por lo que es, sino por lo que podemos hacer con él. Así que, aquí te espero. Con las mismas ganas que tú tienes, de estar aquí. No te apures, pero tampoco te demores.


Tu papá.


19 de junio de 2013

De gatos suicidas y gallinazos enamorados

Hace unos días, cuando el gris retomada por asalto su ciudad de procedencia - ganando una batalla, mas no la estación, que le es esquiva hasta este momento - dos escenas en la misma vía rápida en menos de cinco minutos se encargaron de recordarme que hacía buen tiempo que no volvía a esta bitácora.
En una curva, en ese espacio de tierra que divide lo que va de lo que viene, el cuerpo de un gato. Intacto en su forma. Pero con al menos un par de días de fallecido. Su pelaje ya sin brillo, aún dejaba ver la imponencia de lineas doradas que cubrieron su cuerpo, y ahora se apagaban sin remedio. M|e lo imaginé en su vida previa, andando entre jardines, dejándose tocar sólo por la mano a la que consideraba digna, sabiéndose sutilmente perfecto en medio de tanta imperfección. (Cierto, quizás no fuera así, pero así me lo imaginé en ese preciso momento).
Pensaba aún en el gato cuando tuve que detenerme por el tráfico - sí, en algunos momentos, hasta las vías más rápidas de rápidas solo llevan el nombre - y sin mayor esperanza de llegar a mi destino a la hora que me había propuesto, decidí perderme un momento en el gris del cielo, pero no pude. Dos gallinazos en danza de cortejo, dibujaban líneas ondulantes en el cielo. Se posaban en un techo. Se acercaba. emprendían nuevo vuelo, nuevas formas, nuevas danza coreografiada al milímetro. Iban y volvían, planeaban, se lucían, brillaban.

Un claxon y la necesidad de volver a la ruta acabaron de pronto con la escena.

El resto del camino me la pasé pensando en estas dos caras de la misma idea: Que lo hermoso de pronto se opaca hasta volverse grotesco, y que lo grotesco en algún punto merece ser considerado hermoso. A fin de cuentas, la belleza reside en el perceptor. Y podría ser que no dependa tanto de su capacidad de enjuiciamiento, sino de su voluntad de proyección. De cualquier manera, mi ruta sigue siendo larga.


7 de septiembre de 2012

De por qué el transeúnte necesita dejar de andar

En algún momento, mientras todos estábamos distraídos probablemente, un desconocido se encargó de llenarnos la cabeza con deseos de competitividad ilimitada que de pronto nos conducen hacia esa necesidad desmedida de echarse a correr. Y quizás, como suelo decir, no quería hacernos daño, es más tenía una buena intención, que con el tiempo - y el descuido - se le fue de las manos.
Lo cierto es que tenemos que trabajar más, para poder conseguir el puesto que queremos, que nos dará el sueldo que queremos, con el que compraremos la ropa que queremos, el carro que queremos, la casa que queremos, donde conectaremos todos los juguetes tecnológicos que queremos, que hagan juego con los muebles que queremos, que a su vez harán juego con la familia que queremos. Pero quizás la familia no está, porque está corriendo también, buscando lo que cada uno de sus miembros quiere. Y probablemente no quieran lo mismo. Y podría ser eso lo preferible, pues en toda competencia hay un solo ganador. 
Pero, ¿Es eso lo que queremos? 
Anoche me senté a jugar con Yupi, el perrito que la familia de Lore acaba de recoger de la calle, y mientras nos mirábamos, me pregunté si él tenía deseos de correr. Como no me respondió, Lore - que lee mi mente con una capacidad increíble - me contó que quiere ir a la calle, pero que luego de un tiempo - bastante corto en realidad - se sienta en la puerta de la casa, a esperar que le abran. Porque si corre todo el tiempo, ¿a dónde llegaría? Pero, sobre todo, ¿para qué?
Iba pensando en esto mientras una persona muy apurada tocaba la bocina sin cesar para que yo avance, sin darse cuenta que yo tenía delante 10 autos, y luego, un semáforo en rojo. ¿A dónde querría llegar? ¿Para qué? Quizás era importante, muy importante, pero sus acciones, ¿cambiarían en algo el hecho de estar atascado en el tráfico?
A veces es necesario dejar de andar, para no perder la perspectiva. Porque ser transeúnte es muy diferente a ser maratonista, en un mundo en el que nos han enseñado que la vida es una carrera. Por eso decidimos un día que los viernes por la tarde no trabajamos - salvo que hayamos decidido que sea así, y entonces cambiamos viernes por lunes -, sino que nos dedicamos a contemplar lo que pasa alrededor.
Y mientras algunos se escandalizan pensando cuánto se puede dejar de ganar por no trabajar una tarde (que luego los lleva a pensar en cuánto más se deja de ganar por no trabajar todo el día todos los días en el mágico 24/7/365 que ensancha bolsillos y estrecha mentes) yo pienso en cuántas cosas se pierden por estar amarrados a sus sillas (unas sillas que jamás dejan de andar), como supe estarlo yo por años.
Pero un buen día entendí por qué mamá me hizo crecer escuchando esta canción, sin saber que habría de recordarla décadas más tarde, para decirme cómo es que un transeúnte debe actuar.


26 de agosto de 2012

Identidad sin generalidad

Ayer por la tarde salí a pasear por una de mis ciudades favoritas. Cuando se trata de un viaje de trabajo, difícilmente puedo darme ese pequeño lujo por lo ajustado de los itinerarios, pero afortunadamente no encontré avión de regreso para ayer mismo (y por eso estoy escribiendo ahora, que el cielo aún no azulece, desde el aeropuerto)
Caminando entre vendedores de artesanías me encontré con un taller, el único en la zona, donde un pintor trabajaba con dedicación dos lienzos al mismo tiempo (aunque, para ser honestos, uno de ellos estaba secando y nunca lo tocó). Los años me han enseñado a reconocer al artista y distinguirlo del copista por necesidad, que (re)produce en serie y sin mayor gesto. Don Leoncio era de los primero, una especie que daba por extinta en este tipo de lugares. Así que, con curiosidad de transeúnte, empecé a conversar con él.
Media hora más tarde, minutos más, minutos menos, y luego de hablar de la técnica y los materiales, empezó a contarme su dilema, que era justo la raíz de mi curiosidad: Pertenecer a esa primera especie.
Le preocupaba que sus "vecinos" vendan indistintamente objetos de diferentes culturas, y que les diese igual si era una cerámica de Chulucanas o un tapiz con las líneas de Nazca. "Eso no es nuestro. No es de aquí. El turista va a pensar que todos somos lo mismo. Y eso no es cierto."
La preocupación de Leoncio era también la mía (trasladada a mi modesta realidad, claro). Aunque nunca la sentí tan viva como él. Leoncio podría estar replicando escenas de otras regiones, y daría lo mismo pintar con su destreza una panorámica de Machu Picchu o una escena de pesca en caballitos de totora. Pero no. Y en sus obras - hechas sobre lienzo grueso o madera de eucalipto, el árbol que crece en los territorios que rodean su ciudad - trata de reflejar escenas que son sólo suyas, y de sus "vecinos".
"Esta vestimenta sólo la ves aquí (señalándome la pintura de dos campesinos caminando con sus bultos). Y esta mirada es nuestra (mostrando la imagen de una niña tan bien pintada que sentí la fuerza de sus ojos, desconfiando del transeúnte extraño que mira sin respeto)."
Y era cierto. Tan cierto como el cuestionamiento de la falsa necesidad de ser tan iguales que terminaremos siendo piezas intercambiables. Estudiar lo mismo, trabajar en lo mismo, responder lo mismo, vestir lo mismo. Le hemos llamado versatilidad en medio de este mundo que nos exige hacer de todo, y ese todo es el que nos lleva a no significar mucho. Probablemente a significar nada. Entonces reviso en silencio cuáles son mis obras, si son únicas, si reflejan una realidad que es la mía y la representan con orgullo, si me siento cómodo con esta piel y con este oficio. Era demasiado para una tarde.
Me despido y regreso a la plaza con todas mis preguntas, y el extraño propósito de firmar mis obras, no como muestra de pertenencia, sino de identidad.

9 de febrero de 2012

La invisible música de los momentos inmóviles

Hace ya buen tiempo aprendí que la memoria es caprichosa, y entre sus caprichos, el que me resulta más difícil de manejar es el que indica que algunos contenidos básicos estarán relacionados a través de raíces - enmarañadas y resistentes - a emociones y sentimientos particulares, difíciles de disolver. Este capricho podría quedar en simple anécdota, de no ser porque nos expone a situaciones poco prácticas, como el bailable himno de un verano pasado que sonaba mientras nosotros, pedazos de corazón en mano, caminábamos rumbo a la desesperanza. Desde entonces, por mágico influjo, al sonar la canción, por más tiempo que haya pasado, una parte de nosotros rememorará esa sensación incómoda del vacío no esperado, no deseado. Porque así es la memoria.



Pero no todas las historias son como esa. Porque algunas de esas raíces, al menos las que recorren laberintos profundos en mi mente, están relacionadas a momentos de añoranza, de calor amable, de sutil sonrisa. Así por ejemplo, recuerdo la primera vez que escuché "Muchacha ojos de papel", que resulta que mi madre ya conocía muy bien, pero prefirió no decir nada ante el "descubrimiento" de este adolescente que era (aunque algunos digan que sigo preso de esa edad) que se sabía el único dueño de las verdades del mundo. Era invierno, de los bonitos, no como los de ahora, imprecisos, y yo entré a la cocina mientras el olor de la comida anunciaba una buena tarde. Meses más tarde vería el comercial de TV en el que terminó dicha canción y sufrí junto con los defensores de lo indefendible. También recuerdo "Seguir viviendo sin tu amor" y el láser en la cara del Flaco, jugando con formas inexplicables, mientras yo me preguntaba cuándo podría cantarle esos versos a alguien, pues por entonces aún no sabía lo que era sentir así.

También recuerdo con cariño cada uno de los tracks de La la la. Y cada uno tiene su historia. Así por ejemplo, vuelvo a la sala de mi casa diciendo sin sentido, antes de volver a clases "Soy la araña, la que cura la enfermedad", en una época en que mi lenguaje cifrado me protegía según yo del mundo en general y sin clasificación. Pero también está la voz de Luis Alberto cantando Gricel, dolida pero incógnita historia que terminó en un cuento fallido que empecé a escribir y dejé sin terminar. Y hasta hoy, cuando la escucho recuerdo el tacto de la franela, el aroma del jardín mojado y el tedio de las botas negras que no me quería quitar. "Asilo en tu corazón" se volvió mi tesoro secreto, la canción que nadie conocía y que no aprendía a tocar por miedo a desprenderme de ella, sin saber que era de todos. Cuando la escucho siento esa alegría de quien encontró la puerta abierta y reconoce dentro su casa. En fin.

"San Cristóforo" me recuerda que quise ser artista pero para serlo también hay que ser valiente; a "Pan" le guardo cierto recelo, por las circunstancias en las que llegó a mis manos;
"Spinettalandia y sus amigos" representa para mí el error máximo de calificación y me da vergüenza sólo de escuchar cualquiera de sus temas (fui tan injusto con quien me lo regaló); y "Los niños que escriben en el cielo" me recuerda que el cariño de la gente que crees más ruda y tosca es a veces sorprendente (y se asoma una esperanza por mi ojo derecho, así de la nada). Y podría seguir. Porque la memoria es así, y una raíz hace nudos con otras raíces. Pero algunas historias me las reservo por ahora.

Creo que por eso la música significa tanto para mí, porque almacena en una pequeña pieza un sinnúmero de vivencias, en cápsulas de emoción pura, en detonadores sensoriales que nos ayudan a vivir.

En fin, pronto va a amanecer y quizás lo único que importa de todo este ejercicio con matices de exorcismo, es que ayer por la tarde Luis Alberto Spinetta dejó este mundo, pero lo dejó lleno de su esencia y su música en el aire. Y quedará impreganda en cada uno de esos momentos inmóviles que definen finalmente lo que soy. Lo que somos. Transeúntes.
Gracias Flaco.

2 de mayo de 2010

El rol de quien desea hacernos mal

Piensa en una persona que hoy te quiso hacer daño. Y que no se trate de un encuentro fortuito o una situación pasajera. No. Piensa en esa persona que parece que encontró el sentido de su vida en hacer la tuya simplemente imposible. Y lo disfruta.

¿Cuál sería la verdadera razón por la que alguien, sin aparente motivo, decide hacer de nosotros víctimas para convertirse en victimarios orgullosos, ejecutores de torturas que sólo ellos disfrutan? ¿Es acaso tan placentero ver sufrir a otro en manos nuestras? Podríamos probar. O podríamos no hacerlo, porque simplemente no nace de nosotros la simple idea de hacerle pasar a otro algo que no se merece.

Merecer el sufrimiento o el dolor es una idea clave en este contexto. ¿Qué es lo que merecemos cada uno de nosotros? Por un segundo detente y responde a esta simple pregunta: ¿Qué es lo que realmente me merezco? Y luego mírate. ¿Por qué no soy quien merezco ser? Sé que me lo merezco. El resto corre a cuenta de nuestras ideas sobre la justicia.

Entonces, en medio del espiral de ideas y contraideas que se arremolinan en nuestra cabeza, surge el principio genial: Si yo no me lo merezco, ellos tampoco. Pero ellos son demasiados, así que podría empezar por uno. O dos. O tres. Pero no más. Y es así como inicia el sencillo trabajo de seleccionar a las víctimas de nuestro descontento. En poco tiempo las tenemos listas y esperando. Generalmente son las que sonríen más, las que tienen más, las que poseen aquello que deseamos, no, que codiciamos y que sabemos que no tendremos. Y nos enfocamos en ellas y volcamos hacia ellas nuestros intentos de maldad.

Entonces, ¿qué podemos hacer nosotros? ¿Simplemente no demostrar que somos felices, y así dejar de ser blanco fácil? ¿Señalar a un otro que pueda ser más feliz que uno para salvarnos de ser víctimas? ¿Salir corriendo? Son alternativas. Pero a mí se me ocurre una mejor pregunta: ¿Cuál es el rol de esas personas en nuestras vidas? Porque así de fácil no nos las vamos a poder quitar de encima, y no podemos permitirnos que se salgan con la suya.

Leí en algún lugar una frase atribuida al Dalai Lama, que indicaba que nuestro peor enemigo es nuestro mejor maestro. No sé si sea de él la frase, pues la fuente no me resultaba confiable, pero lo que sí sé es que esa frase encierra una gran verdad. Y la respuesta a mi pregunta.

El rol de las personas que nos desean el mal, y que hacen hasta lo imposible por lograrlo es el de poner a prueba nuestras fortalezas y deseos. Si nos hacen desistir en algo es porque en realidad no queríamos ese algo. Si nos llevan a dudar de nosotros es porque no estamos seguros de quienes somos. Si nos llevan a la frustración, estamos ante una imagen de nosotros mismos que nos debería llevar a la acción. Y es eso: Un llamado a la acción, una invitación a creer, a intensificar, a valorar.

Mi madre, que era simple, directa y sabia, un buen día, cuando me vio explotar de cólera contenida contra una persona con la que trabajaba por aquel entonces, y que me hacía la vida imposible, me dijo con calma: “Mañana vas a ir, le vas a dar un beso y la vas a abrazar. Y mientras más la quieras odiar, más la vas a abrazar. El odio sólo te hace daño a ti.” Y en son de broma fue lo que hice. Y el resultado fue inesperado: Tenía delante de mí a una persona que había dejado sus armas en el suelo, completamente confundida y sin comprender qué estaba pasando. Desde ese día, empecé a entender de qué se trataba el juego.

Empecé a escribir este post para tomarme con calma la jugada maestra de alguien que me acababa de privar de algo muy importante para mí. Quizás para siempre. Y es a ella a quien se lo dedico, porque me invitó a volver a escribir, luego de varios meses de no hacerlo. Y porque me invitó a creer en más cosas de las que ella misma podría imaginar. Muchas gracias, maestra, y espere las flores que le enviaré como muestra de mi respeto.

10 de octubre de 2009

Y ahí va... (Una letra para que la cante Mercedes)

A mamá siempre le gustó cantar. Creo que por eso me gusta a mí. Y creo que por eso conocí a Mercedes. Mamá me la cantaba de pequeño, y sólo a veces me la hacía escuchar. No por egoísta, y mucho menos por estricta, sino porque casi no tenía casettes. Y menos long plays. Por eso, para escucharla, había que esperarla en la radio.
Sé que la conoció en la universidad, y que la hizo suya para regalármela a la hora de hacerme dormir. Luego, la cantaría cuando quería recordar esos momentos irrepetibles: Los de la universidad, o los de mis primeros sueños intermitentes.
Décadas más tarde, cuando di mi discurso de graduación del Máster - que ahora recuerdo que prometí colgarlo en algún lugar para que lo puedan leer mis compañeros y que luego olvidé hacerlo - entre los agradecimientos habituales, hice un alto y mencioné a mamá, y para acompañarla repetí la frase de Fito Paez, diciendo que era "parte del aire", porque no se me ocurrió otra mejor, y porque es verdad.
Hoy, Mercedes también es parte del aire, y me siento cada vez más convencido de que se trata de la mejor frase para poder describir la situación en la que se encuentra aquella persona que dejó de ser una para volverse parte de todos.
Es quizás por eso que me cuesta dar frases de aliento, igual que llorar en los funerales, porque no lloraré ante un cuerpo que sucumbió por debilidad, sea cual fuere la causa secundaria. ¿Recuerdan mi teoría inconclusa sobre la naturaleza del transeúnte? Si es en parte cierta, ¿No estaríamos llorando de manera egoísta por alguien que ya no ocupa un espacio para nosotros? ¿Y por qué no celebramos lo que nos queda? ¿Y por qué no recordamos con aprecio la marca que llevamos y que no se borrará con nada? ¿Y por qué no escuchamos las canciones que se quedaron colgando, en el aire, y que se repetirán sin cansancio, con cada soplido de viento inofensivo, pero cargado de significados?
De pronto el tiempo se detiene y empezamos a mirar las cosas que nos rodean con otros ojos, efecto de un corazón que late más fuerte cuando ya no pertenece a su cuerpo.
Y aví va, la Negra preciosa, parte del aire, presente en cada una de las cosas que nos la recuerdan.
Ahora, Mercedes, si me equivoco, y si no estás aquí, sino más bien allá, y nos puedes escuchar, te diría que busques a una mujer de voz dulce y afinación natural, que está cantando una de tus canciones. Quizás sea mamá, y se alegre, al saber que no tendrá que esperar a que te pasen por la radio, para poderte escuchar.

28 de febrero de 2009

Del por qué somos transeúntes y otros menesteres de la ruta (parte 3)

De la marcha incesante que no es resignación

Imaginemos ahora que en realidad no tenemos un lugar donde vivir. Que hemos sido desterrados por algún delito que no comprendemos bien, y recordamos peor, por el que hemos sido condenados a vagar sin remedio. Y allí estamos. Sin pertenencias, resignados a transitar sin rumbo hasta el fin de nuestros días. Asi estaba escrito, y así habrá de ser. ¿No resulta curioso el determinismo en estos términos?

Ahora pensemos en una buena causa. En un deseo honesto. En la consumación de una intención elevada. Y escuchemos de pronto una voz que viene de dentro de nosotros mismos y nos dice: "He escuchado tus deseos, y los obtendrás, pero sólo si te echas a andar sin retorno, y no te detienes jamás."

¿Y el cansancio qué? ¿Y la ruta desconocida qué? ¿Y los peligros de la noche qué? Es aquí en que decidimos dar el primer paso. Hacia la ruta, o hacia el lugar donde recibimos por primera vez la oferta, para saber si sigue en pie. Y somos nosotros quienes elegimos.

No obstante, en realidad no hay premio al fin. Quizás ni siquiera haya fin. Y tampoco estemos obligados a buscarlo. ¿Sigue valiendo la pena? ¿O es necesario pensar de todos modos en el final por el que el sacrificio valdrá la pena? Es importante contestar a estas preguntas, pues de lo contrario, en algún momento, podríamos sentirnos tentados a cambiar de naturaleza, y querer tomar a alguien en la ruta, atarlo a nuestra muñeca, y luego, llevarlo hasta una zona sin tráfico, y construir una casa. La casa tendrá un jardín. El jardín tendrá arbustos. Los arbustos, flores. Y las flores una vida transitoria, modesta pero admirable, a la que preferiremos ignorar, para no recordar que estamos dejando de lado nuestra esencia a cambio de dulces raíces, fuertes pero temporales. Y peor aún, nos recordará que, indefectiblemente, habremos de volver a caminar.

La resignación del transeúnte no es resignación. Y si lo es, entonces no es transeúnte.

Del por qué somos transeúntes y otros menesteres de la ruta (parte 2)

La dinámica espacio - temporal del transeúnte
Una de las variables curiosas que definen al transeúnte es la pecular forma en que vive los conceptos de tiempo y espacio. Si retomamos el discurso previo (con las disculpas del caso por la demora y el agradecimiento a quien recordó la deuda pendiente) recordaremos que el transeúnte lo es en tanto reconozca su naturaleza transitoria y transitable en medio de una serie de rutas que se entrecruzan, entremezclan o superponen.
En este contexto, la experiencia del transeúnte se compone de cada uno de los recuerdos que posee, de coincidencia o paralelismo en la ruta, con otro de su especie. Siendo así, ¿qué podemos decir respecto al tiempo que el transeúnte deambula en completa soledad? ¿está él ahí si es que no está para nadie?

Estar para alguien. O para algo. Ese es el mandato habitual, la convención irrefutable. Debes estar de pie para que tus padres aplaudan. Luego deberás estar antes de las 3.00 a.m. para que no se preocupen (o no te castiguen. O ambas). Luego deberás estar a tiempo para que él o ella no se cansen de esperarte; y deberás estar bien despierto para que otro no se lleve lo tuyo. ¿Y qué sucede con el simple hecho de estar por estar?¿Y el no estar por no estar? ¿Qué sucede cuando no hay nadie a quién dar explicaciones? ¿Cuando no hay a quién responder? ¿Cuando no hay a quién despertar? Quizás el transeúnte no esté. Y sea sólo eso.

Recuerdo claramente cuando mamá me contaba de pequeño sobre los barcos que desaparecían en el Triángulo de las Bermudas y cómo, años más tarde, sus tripulantes reaparecían, sin comprender dónde estuvieron, ni por cuánto tiempo. ¿Y es que no nos pasa a todos lo mismo cuando decidimos, simplemente, dejar de estar? Tal vez la única condición adicional sea que nosotros lo hacemos posible, y no un error o un fenómeno inexplicable, o un (des)afortunado accidente.

Luego, el espacio que define el mundo del transeúnte es el que sus pies sean capaces de reconocer.

¿Y qué decir del tiempo? El tiempo para el transeúnte sigue una lógica distinta. Y es que el tiempo supone, desde la dinámica de la ruta, una intensidad impregnada de subjetividad. Como los recuerdos (que son el recorrido) no se expresan en minutos (ni en Kbs, ni en amperios, ni en kph) no tiene sentido tratar de cuantificarlos a través de un reloj. En este caso, la medida del tiempo es la intensidad de la vivencia. Como tal, un recuerdo tenue ocupará un destello minúsculo en la memoria, aunque, para el tiempo vulgar haya durado varios años. En cambio, un contacto intenso, de unos pocos segundos, podría volverse tema recurrente, que abarque la vida entera, y aún así, no llegue a terminar. De esta manera, las conversaciones irrelevantes de un compañero de ruta incidental, que fue con nosotros camino al colegio durante siete años, serán segundos al lado de la primera lluvia con truenos, del primer roce de la piel preciada, del último beso antes de abandonar la idea de poder tener una casa y compartirla. Y el recuerdo habrá de repetirse, hasta el cansancio, o extenderse hasta sacarnos de la conexión (denominada realidad) por horas completas. ¿Pocos segundos durarán entonces media vida? ¿Y por qué no?

El tiempo de la memoria posee sus propias equivalencias, únicas e irreproducibles.

12 de noviembre de 2008

Del por qué somos transeúntes y otros menesteres de la ruta (parte 1)

(Probablemente sea un poco larga la explicación solicitada por algunos amigos, motivo por el cual la dividiré en tres partes... Disculpas por eso, y por mi irremediable aversión a lo breve)

Quizás uno de los principales motivos por los que sufrimos sea el sentimiento de pérdida. es más, podríamos reducir el terreno del sufrimiento a esa única razón. Como ejercicio simple, piensa en un momento en el que hayas sufrido intensamente, y luego recuerda cuál es la pérdida en dicho caso. Uno de nuestros primeros llantos desconsolados se debe a que, en medio de la lógica egocéntrica de los primeros días - y que luego puede perpetuarse, como muchos de nosotros sabemos y conocemos de casos cercanos - sentimos que hemos perdido para siempre a la persona que nos da calor, alimento y cuidado. Hasta que la volvemos a ver, y todo vuelve a la normalidad. Luego, nos resentimos cuando nos dejan, porque, literalmente, nos han abadonado, aunque sea por algunos minutos, pero abandono al fin y al cabo. Y el abandono es una pérdida. Luego lloraremos porque perdimos un partido, perdimos una oportunidad que esperamos mucho tiempo, perdimos la amistad de alguien que nos falló o a quien fallamos, perdimos el amor de la persona con la que pensamos compartir la vida, y perdimos a quien perdió la vida cuando nos había prometido - sin hacerlo - que eso no pasaría jamás.


La lógica de la pérdida nos acompaña hasta el cansancio. Incluso, cada vez que tomamos una decisión, sea la que sea, por más trivial que resulte, estamos perdiendo cada una de las otras infinitas posibilidades de actuar. Y como tal, infinitas pérdidas potencialmente podrían embargarnos. Luego, la opción de la quietud completa sería una buena alternativa. Nunca más decidir significaría nunca más perder. Si no decido ser tu amigo, no corro el riesgo de perder tu amistad cuando me falles. Si no decido tener una pareja evito la posibilidad de perder ese amor tras un engaño, o tras muchos años, perderlo porque la muerte que suele tener sus propios parámetros de justicia, decide llevarse a uno antes que al otro.


Pero no podemos darnos ese lujo.

Ahora piensa en una especie de mapa de rutas, pero un mapa grande, completo, lleno de pasajes, calles y avenidas. Infinitas vías, todas completamente entrecruzadas, muy desordenadas, como en aquellos distritos donde las calles no son rectas, sino curvas y con gracia. Una vez planteado el escenario, es necesario ubicarse en él, así que encuentra el mejor punto. Y ponte a caminar.

La lógica del transeúnte es - en principio - bastante sencilla: Estamos en medio de este espacio lleno de rutas, en el que, en determinado punto, habremos de encontrarnos con otras personas que, como nosotros, andan caminando hacia alguna parte (aunque hay que admitir que muchos sólo saben que caminan, no hacia dónde ni por qué). La interacción entre estos personajes y uno varía de intensidad, desde la casi inexistente hasta la extremadamente intensa. Como tal, generalmente en la ruta encontramos personas a las que ni siquiera miramos a los ojos, personas que caminan por sendas paralelas, pero en las que no reparamos. En otros casos, en una intersección nos encontramos con un personaje con quien nos gustaría detenernos a mirar el paisaje, pero no podemos, pues la luz cambia de pronto (como en el vídeo de Skank, del que hablaremos en la segunda parte, con gusto). Y en otros, de pronto, a nuestro lado, alguien con quien iniciamos una charla larga y honesta, o a quien tomamos de la mano, o con quien empezamos a hacer planes para el siguiente recorrido. O todo a la vez.

Lo cierto es que, si entendemos que cada uno de nosotros realiza una secuencia de rutas distintas, que posee infinitas variaciones posibles, y que su destino (o punto de arribo) no es el mismo que el nuestro (cada transeúnte tiene un destino individual y único, como veremos een la tercera parte) entonces no nos queda más que comprender la naturaleza temporal del paso simultáneo. Como tal, una vez comprendida esta dinámica, debemos asumir la fugacidad, y no aspirar la eternidad. Pero no sabemos cómo. Es más, probablemente al haber leído esta última frase, puedes haber pensado "¡Qué conformista!" y se te empezaron a quitar las ganas de seguir leyendo. Y por eso mismo prometemos "amarnos para siempre", o "nunca fallarnos", o "estar cada vez que me necesites", cosas que decimos sin comprender la real magnitud de cada una de dichas palabras, todas cargadas de cierta falsedad, pues no somos capaces de prever las múltiples posibilidades que el futuro nos depare, ni la capacidad de cumplir nuestras promesas en tan variadas circunstancias.

Comprendida la naturaleza efímera, el siguiente paso es asumir una de dos lógicas:
1. Empezar a aferrarnos a cada personaje de nuestra ruta, para evitar que - indefectiblemente - se vaya, o
2. Empezar a disfrutar cada segundo de estos personajes, porque ese segundo es invaluable, especialmente porque podría ser el último.

Asumir la segunda postura, supone comprender nuestra naturaleza de transeúntes, es decir, de personajes que transitan por calles interminables, disfrutando cada único segundo de interacción, de conversación, de compañía. Como tal, no existe la pérdida, pues los segundos vividos no se pierden, pero, mejor aún, las marcas de los contactos - de los que queremos guardar con cariño - nunca se borrarán.


Un transeúnte no tiene casa.
No tiene calle propia.
Sólo tiene sus zapatos.