9 de julio de 2008

Y de pronto una carcajada

Cuando menos la esperaba, de la manera más torpe, frente al televisor, veo a uno de los invitados del programa decirle al anfitrión, luego de recibir una prenda de ropa interior de las propias manos de Elle McPherson, “¿Por qué? ¡Si eres el único hombre en Inglaterra que no la podrá aprovechar!”. Y de pronto, una carcajada se escapa de entre mis dientes. Aflora. Se suelta. Retumba. Y por un instante, me gusta.

Entonces hago el recuento y concluyo que llevo 5 días sin una carcajada. Quizás tú hayas estado mucho más que ese tiempo sin siquiera sonreír y no te parezca gran cosa. Yo lo he estado. Pero lo que no deja de sorprenderme es la forma en que nuestro sentido del humor quiere fluir, sin siquiera ser llamado. No se trataba de una broma brillante – y tal y como la he trascrito luce peor, lo sé –, y sin embargo allí estaba, la carcajada, flotando extasiada por una situación que habitualmente valdría a lo sumo una sonrisa muy breve.

¿De dónde vino la carcajada, así tan sin previo aviso? A estas alturas se me ocurren dos posibles respuestas:
La primera se relaciona con la necesidad irrestricta de autoengaño que vivimos todos nosotros como humanos que somos. Unos más, otros menos, pero, finalmente, todos. La carcajada vendría a ser, entonces, una expresión de lo que quiero vivir, de cómo me quisiera sentir, y me empuja a creerlo, con tanta seguridad que finalmente terminaré por volverlo realidad. Y entonces recuerdo aquellas teorías sobre la emotividad como respuesta al organismo, muy al contrario de lo que se suele pensar. Porque usualmente decimos “como me siento de determinada manera, me expreso de determinada manera también”. En este caso propondríamos lo contrario: “Como me expreso de determinada manera, debe ser porque me siento de esa manera. Entonces, que así sea.” Lugo, la carcajada fue un intento desesperado por contagiar al organismo entero la idea de una existencia alegra, a pesar de ser artificial. Suena torpe, pero finalmente es funcional.

La segunda se relaciona con la necesidad del organismo por mantener el equilibrio, en la forma más básica, mecánica, homeostática, del término. Así como nos quedamos dormidos tras permanecer mucho tiempo en vigilia, o dejamos todo lo que estamos haciendo por un poco de agua cuando llevamos mucho tiempo con sed, podría ser que, luego de días de no reír, especialmente cuando se está acostumbrado a hacerlo, el cuerpo lo pide, lo exige, lo reclama. Y apenas encuentra la oportunidad, lo hace. Sin pedir permiso, simplemente porque sí. Por eso nos quedamos dormidos en la posición más incómoda. O somos capaces de tomar algo que no elegiríamos si tuviéramos la opción de hacerlo. Y el asiento de un bus destartalado es el lugar más cómodo. Y un poco de limonada tibia y sin azúcar es lo más refrescante. Así, ante una mala broma, nos reímos. A carcajadas. Pero, ¿y después?

Quedémonos con los dos ejemplos previos: Luego de dormir la pequeña siesta, volvemos a la vigilia. Luego de beber algo volvemos a nuestra abstinencia. Al menos hasta llegar a la solución definitiva, que quizás tarde mucho en llegar. Asumo que esta carcajada será igual, y tendrá que terminar muy pronto. Y probablemente deba esperar muchas horas para encontrarme con otra. O hasta que la carcajada me encuentre a mí, porque aún no tengo fuerzas suficientes para salir a buscarla, como podría ser la receta sencilla para solucionar el problema. Así que dejaré esto aquí, y seguiré viendo lo que me queda de programa. Quizás alguna nueva mala broma me haga mantener la esperanza.